Calvarieros y Llaneros

Calvarieros y Llaneros

Dos Almas en un Solo Pueblo

Por: Juan Alberto Sánchez García

La Grita, la Ciudad del Espíritu Santo, no solo se construyó con piedra y barro, sino con la vibrante dinámica social de sus habitantes. Desde su fundación, la división geográfica entre ‘arriba’ y ‘abajo’ marcó una competencia que definió el carácter de su gente

Desde los albores de su fundación, La Grita comenzó a forjar una identidad dividida por la geografía, pero unida por la fe y la costumbre. Esta división separó a los habitantes de «abajo», conocidos como calvarieros, de los de «arriba», denominados llaneros. Lo que inició como una sana competencia por el desarrollo de la comarca, pronto derivó en una rivalidad histórica, con destellos de animadversión que marcaron el pulso social del pueblo.

Con el paso del tiempo, La Grita se consolidó con sus cuatro calles principales, doce carreras, cuatro plazas y dos templos, adquiriendo esa fisonomía de ciudad colonial que le valió elogios y prestigio. El Convento Franciscano, cuna de los primeros movimientos culturales y educativos, jugó un papel crucial al revitalizar la herencia de la cultura aborigen de los Humogrias. Así, calvarieros y llaneros conformaron la masa humana que daría perfil definitivo a la Ciudad del Espíritu Santo de La Grita, aunque no sin enfrentamientos, pues ninguno estaba dispuesto a ceder la supremacía territorial y social que ambos reclamaban.

El conflicto por el agua y los años 40

Al entrar en la década de los 40 del siglo XX, las tensiones se hicieron tangibles y, en ocasiones, crudas. El punto crítico solía ser el suministro de agua. Los llaneros, ubicados en la cabecera de la toma de agua de consumo que descendía por el centro de la calle hacia el Calvario, saboteaban el flujo lanzando animales muertos y excrementos. Este acto provocaba disputas territoriales feroces que obligaban a la municipalidad y a la policía a intervenir con extrema prudencia. Afortunadamente, este foco de conflicto higiénico y social llegó a su fin cuando, a mediados de esa década, La Grita finalmente disfrutó de la modernidad con la instalación del acueducto y la red de cloacas.

Las batallas campales de los años 60

A mediados de los años sesenta, el eco de las luchas sociales en Europa y Estados Unidos resonó en las calles gritenses. La rebeldía de la época reavivó los roces. Era común que llaneros y calvarieros se citaran a altas horas de la noche para emprender auténticas batallas campales, armados con cadenas y otros objetos. No obstante, la autoridad actuaba con prontitud para restaurar el orden, evitando que la sangre llegara al río y devolviendo la calma a la vecindad.

De la rivalidad a la hermandad

Hubo también un espacio para la sátira. Algunos personajes de espíritu jocoso comenzaron a referirse al Calvario, con cierta ironía y doble sentido, como el «barrio de los intelectuales» a través de diversos artículos en la prensa local. Aunque el remoquete generó comentarios, no pasó de ser una anécdota pintoresca de la época.

Hoy en día, aquellas viejas rencillas son sólo ecos del pasado. La deuda histórica está saldada y los llaneros y calvarieros se funden en una sola identidad cuando la necesidad apremia. Prevalece la idiosincrasia del jaureguino: un espíritu forjado en la solidaridad, el respeto mutuo y una colaboración inquebrantable que hace de La Grita un solo corazón.

Al final del día, la historia de los calvarieros y llaneros nos enseña que las diferencias, por profundas que parezcan en su momento, son solo capítulos de un libro mucho más grande: el de nuestra identidad compartida. Hoy, cuando caminamos por las  carreras y calles de nuestra ciudad, ya no vemos bandos, sino vecinos unidos por la solidaridad y el respeto. Que el ejemplo de superación de aquellas viejas disputas sea el faro que guíe nuestras acciones presentes, recordándonos que en La Grita, la verdadera fuerza reside en la unión.

JASG.

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