Domingo de reflexión 

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Gregory

La voz que el Cuatricentenario le regaló a La Grita

Por: Juan Alberto Sánchez García

Hay nombres que nacen de una promesa y destinos que se sellan con una canción. Gregory Carrero es uno de ellos. Su historia comenzó con un susto y un milagro en el Hospital San Antonio, donde su madre, doña Herminia Méndez, se vio en tales aprietos para traerlo al mundo que terminó encomendándolo al «Médico de los Pobres». Así nació José Gregorio, hijo de Herminia y de Erasmo Carrero, aquel tovareño que un buen día ancló sus naves en La Grita para quedarse hasta siempre. Erasmo, hombre de chanza fina y espíritu alegre, se ganó a pulso el apodo de “Aguaje”; ya se imaginará el lector que en su andar había más desplante que certeza, o como dicen por ahí, «más la bulla que la cabuya».

El pequeño José Gregorio creció con el salitre del esfuerzo y el azúcar de la infancia en Barrio Ajuro. Su patio de juegos era, literalmente, «El Terreno»: el estadio deportivo que quedaba a un paso de su puerta. Allí, bajo la mirada vigilante y dulce de su abuela Josefa, ese manjar de mujer que fue baluarte y sacrificio para la familia, el niño se hizo hombre entre el polvillo de las metras, el zumbido del trompo y los desafíos al aro de básquet, donde su estatura, aunque discreta, nunca fue impedimento para su agilidad de «muchacho pilas».

La música no le llegó por decreto, sino por ósmosis. Su madre, Herminia, descendiente de los Méndez de La Quinta y de la ruralidad de Santana, era una mujer de risa fácil y canto espontáneo. En su casa, el dial de la radio siempre estaba sintonizado en Ecos del Torbes, y las faenas domésticas se hacían al ritmo del «Traganíquel Musical». Esa alegría se mezcló con la percusión rítmica de Erasmo, quien aunque era «puro aguaje», tenía buen oído para el golpe del cuero.

Gregorio Carrero no tardó en demostrar que lo suyo era el escenario. Desde las veladas culturales escolares hasta los festivales en San Cristóbal, donde una vez alzó el segundo lugar escoltado por las notas de maestros como Pepe Camargo, Víctor Julio y Silvio Zambrano, su voz ya pedía permiso para ser eterna.

1976 fue el año en que nació un idolo, el destino de Gregorio se cruzó con la ambición artística de Miguel Ángel Méndez a mediados de los setenta. Miguel Ángel buscaba desesperadamente una voz que le diera vida a sus composiciones, esas que ya rumiaba junto a músicos amigos como el «Runche» Ramon Moncada y José Antonio Sánchez, entre otros.

La oportunidad dorada llegó con los 400 años de La Grita. El Cuatricentenario exigía un himno, un recuerdo táctil en forma de acetato. Tras probar varias voces, incluida la de su hermana Fanny, quien ya brillaba con los Caricuena, fue ella misma quien dio el veredicto: <<Prueben a mi hermano>>. Con solo 13 años, el niño Gregorio y los musicos viajaron a Caracas. Tres semanas bastaron en la capital para que el sueño se hiciera surco en el vinilo del long play.

El bautizo del disco en el acto central de agosto de 1976 no fue solo un evento protocolar; fue el nacimiento de una identidad. Gregorio pasó a ser “Gregory” y su voz se fundió con el paisaje al cantar aquel pasodoble que Miguel Ángel le dedicó al páramo: “Negra, pero que negra, es una negra, una negra en sociedad…”.

Hoy, a sus 63 años, Gregory Carrero camina por las calles de su pueblo cargando un baúl de recuerdos que no pesan. Con cuatro hijos y la satisfacción del deber cumplido, sigue siendo aquel muchacho inquieto de Barrio Ajuro que, un día de agosto de 1976, le prestó su voz a la historia de La Grita para que nunca se nos olvidara cómo suena nuestro propio orgullo. De eso ya han pasado cincuenta largos años.

JASG.

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