LA GRITA EN ALPARGATAS

Eustoquio Pernia

La Grita en alpargatas

Por: Juan Alberto Sanchez Garcia

A pesar de que en los años 40 ya estaba instalado en La Grita, específicamente en la esquina de la carrera seis con calle dos, el reconocido fabricante de calzado  Don Ramón González con su negocio “La Primavera”, su empresa no solo fabricaba calzado para los habitantes de la zona, sino que cubría la demanda de pueblos vecinos como Pregonero, El Cobre, San José de Bolívar, Seboruco, Bailadores, Tovar y las poblaciones de tierra caliente.

Sin embargo, aquellos fueron tiempos de gran dificultad económica. Los pobladores dependían de una agricultura deprimida y poco productiva; por ello, no todos tenían la posibilidad de adquirir el calzado de «La Primavera». Como alternativa, se extendió el uso de alpargatas de suela y de caucho. Para las damas, existían aquellos zapatos de tela azul o negra que, con el tiempo, alcanzaron tal popularidad que terminaron llamándose “los zapatos de las nonas”.

Las alpargatas de planta de suela eran mucho más costosas que las de caucho. Estas últimas se fabricaban mediante el reciclaje de neumáticos de automóviles y camiones, técnica que las hacía más populares y baratas, asequibles para la mayoría.

Toda alpargata requiere un recubrimiento llamado capellada. En La Grita, surgieron pequeños emprendimientos dedicados exclusivamente a su fabricación. Entre los artesanos de mayor renombre por su calidad destacaron Tulio Duque, Eustoquio Pernía y un señor llamado Domingo, quien vivía en El Calvario; todos ellos fueron verdaderos “empresarios de la capellada”.

A Domingo, el «calvariero», fue a quien más conocimos en nuestra infancia. Tenía a su cargo, entre las manzanas de la carrera dos y tres, a un nutrido grupo de mujeres y jóvenes que fabricaban diariamente un número determinado de piezas. Su emprendimiento creció tanto que proveía a fabricantes de alpargatas de: Cordero, San José, Queniquea, El Cobre y Seboruco; era, por así decirlo, el zar de la capellada en El Calvario de La Grita.

Con el paso de los años, los destinos de estos hombres se diversificaron: Tulio Duque cambió de oficio para dedicarse al comercio y la fotografía. Eustoquio Pernía que también fue fotógrafo,  finalmente se consolidó como el relojero del pueblo. Domingo fue el único que, según recuerdo, «murió con las alpargatas puestas» trabajando en su oficio original.

Al final, las alpargatas, al igual que los zapatos, servían como un marcador social: los acomodados y pudientes lucían calzado formal o alpargatas de planta de suela, mientras que aquellos de menos recursos caminaban sobre el resistente caucho reciclado.

JASG.

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