
SABINO PERNIA
Por: Juan Alberto Sánchez García
A mediados de los años 60, Venezuela experimentó una profunda movilidad social. Eran tiempos de cambio, donde las familias se desplazaban buscando un mejor destino y estabilidad; las fuentes de empleo se diversificaban, alimentando constantes expectativas de bienestar. Mientras muchos andinos emigraban hacia el centro del país: Caracas y Maracay, preferiblemente, otros se desplazaban internamente dentro del estado, buscando poblaciones que ofrecieran mayores oportunidades de progreso.
Sabino Pernía llegó a La Grita en 1963, con apenas 22 años de edad. Procedía de la aldea Pernía, en El Cobre, acompañando a sus padres y a sus cinco hermanos. Juntos, decidieron dejar atrás la vida rural para marchar hacia una ciudad que prometía un porvenir más claro. Se establecieron en una pequeña casa alquilada en la parte baja del estadio, en las cercanías del barrio Ajuro. Fue allí donde nos conocimos, marcados lógicamente por una significativa diferencia de edad: Sabino era ya un joven bregador, curtido en las faenas del campo, mientras que yo era apenas un imberbe pueblerino que aún no conocía el rigor del trabajo duro.
Conozco a Sabino desde hace ya «muchas lunas», al igual que a sus hermanos. Recuerdo especialmente a Alberto, de habla «tatareta» y temperamento conversador, con quien Sabino comparte sus días actualmente. Son hombres de una humildad profunda, esencia misma de nuestra gente de pueblo.
Hoy, Sabino carga sobre sus espaldas el peso de 85 años. El tiempo le ha obligado a cambiar la pala y el azadón, fieles compañeros de tantas jornadas entre el barbecho y el surco, por un bordón que ahora guía sus pasos. Con ese apoyo recorre diariamente las calles de este pueblo al que quiere tanto, buscando el sustento que le permita seguir adelante, con la dignidad intacta del trabajador que nunca se rinde y jamás se amilana; a veces compartimos un cafe y un pastel que acompaña nuestra conversa, recordando vivencias que marcan la vida para siempre.
A pesar del cansancio acumulado y del velo de los años, siempre que nos cruzamos en el camino, su memoria se ilumina y me reconoce con una frase que resume toda una vida de vecindad: —»¡Ah, Alberto! El hijo de Clotilde».
JASG.