La Cabaña de La Grita

La vida de los seres humanos no puede transcurrir solamente pensando en lo material y en el ahora, el pasado y el futuro también forman parte de nosotros. La remembranza del pasado al decir de los entendidos y hasta de los mamadores de gallo no es sino la razón de la vejez, pero a uno cada día que pasa siempre le asalta al pensamiento de que todo lo pasado fue mejor, que hoy aún teniéndose el impresionante desarrollo tecnológico de la electrónica  sobre la cual gira buena parte del diario acontecer, la sociedad se debate entre una serie de complicaciones que la lógica y el buen entendimiento pudieran resolver.

En La Grita bajando por la calle cuatro y cuando se va a tomar la carrera seis, llamada también  carrera de la pesa, a mano derecha y pegada al desaparecido cine Gandíca, esta la cabaña, bar muy famoso para los gritenses pues ese fue el lugar de apagar la sed de un despecho, la conquista de una mujer o el simple lugar de beber unos tragos y charlar con amigos. Su construcción denota una cultura arquitectónica abundante en piedra, la fachada y todo su interior esta recubierto de una piedra oscura y al entrar da la sensación de estar en una taberna europea.

La Cabaña, estimamos debe tener mucho mas de cincuenta años de construida y era allí donde todos concurríamos a las celebraciones de cualquier acontecimiento, por cierto que en nuestra época, allá por los años setenta, cuando comenzamos a entrar a la cabaña, observábamos con curiosidad que las damas de La Grita no la podían visitar, porque en una época las mujeres de la zona de tolerancia fueron a parar allí, a partir de entonces la sociedad gritense veto casi para siempre la presencia de su mujer en ese lugar, uno deseaba que allí fuesen las muchachas contemporáneas para compartir unas cuantas copas y una buena tertulia, pero lamentablemente  no era así, el fantasma de la prostitución seguía presente.

En la cabaña conocimos la música de Pedro Infante, José Alfredo Jiménez, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejías, Javier Solís, Los Panchos, El Indio Araucano, Lila Morillo, Pedro Vargas, Marco Antonio Muñiz, Alfredo Sadel, Julio Jaramillo, Odilio González, Hector Cabrera, Los Naipes, Leo Marini, Carmen Delia Dipini, Los Hermanos Arriagada y muchos mas que mi memoria no alcanza a recordar, en esa famosa rockola que siempre estuvo al lado izquierdo de la barra, existía un repertorio musical para todos los gustos, que por Bs. 0,25 le daba a uno el placer de oír una bella melodía y libar una exquisita cerveza, a decir verdad no era un consuetudinario visitante por múltiples razones,de modo que lo aquí narrado obedece a mis pocas vivencias y lo hago con el propósito de recordar para los gritenses lo que fue la cabaña, donde por muy santurrón o nagüero que fuera el gritense, por lo menos alguna vez lo llevaron o fue por su voluntad a ese recinto donde se adoraba al dios Baco, fue el sitio del reencuentro de los estudiantes que venían a su pueblo a disfrutar las vacaciones, de los gritenses que venían  a las ferias y fiestas del seis de Agosto o la época Decembrina, en todo caso era un lugar casi obligado de visitar por propios y turistas.

La Cabaña sufrió los embates del modernismo, en una oportunidad que la estuvo regentando un señor de origen Italiano, modificó sus instalaciones y dedicó un sector a una discoteca, muy de moda en la década de los años setenta, la cual discriminó la entrada a la cabaña, pues lógicamente en el área de la discoteca todo era mas costoso, además no se estudió la idiosincrasia del pueblo y en verdad era un lugar muy oscuro al que poco estaba acostumbrado el campechano de La Grita, La Cabaña al contrario de lo que le sucedió al teatro Gandica, doblegó a la discoteca y ganó la batalla siguiendo su rumbo como el famoso bar del pueblo, con su amplio salón y los veladores esperando noche a noche a sus asiduos clientes.

La Cabaña es mudo testigo de esas borracheras (jumas) que mas de uno se amarraba, se conocía la conducta etílica de la gente, se gozaba un pullero cuando las copas sobrepasaban la capacidad del individuo, en ese momento se sabía por qué se estaba en la cabaña, la música era otro elemento delator y hasta había mas de uno que se le mojaba la canoa.

En la medida que transcurría el tiempo, el licor cambiaba la conducta de los presentes, todos los temas aparecían en cada mesa, los eruditos en lo tratado no se hacían esperar, el mundo era modificado en toda su estructura, el tono de la voz aumentaba paulatinamente y los agresivos terminaban la tertulia con un fuerte sacudón a la mesa, generalmente se armaba la trifulca y esa circunstancia era aprovechada para salir corriendo y no pagar la cuenta. Así fue la cabaña de mis tiempos. Hoy solo queda el recuerdo, pues La Cabaña esta cerrada, diríamos que para siempre y La Grita la ha perdido como un símbolo o referencia obligada de un pueblo

28 de Agosto de 1997

Juan Alberto Sánchez García

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