Candelario Méndez

Juan Alberto Sánchez García

Candelario de Jesús Méndez García, nativo del caserío – La Espinosa – en el municipio Jáuregui, tuvo la dicha de ser morocho y nacer acompañado de José María; hijos de Joaquina García y Lorenzo Méndez, en un hogar de diez hermanos, cinco hembras y cinco varones, siendo nietos del jurisconsulto y concejal de la municipalidad de La Grita, Espíritu Santo Méndez.

Ese cordón umbilical que los mantuvo durante 9 meses en el vientre de la madre, pareciera que por el destino, jamás se rompió, pues Candelario y José María vivieron siempre juntos hasta la despedida final de este mundo terrenal, sin dejar descendencia que prolongara su vida.

Desde muy jóvenes tuvieron que enfrentar el reto de la vida en esa Venezuela rural y difícil, luchando y trabajando para salir adelante. Pasaron su niñez sin haber conocido los juguetes, pues el azadón, la pala, el barretón y el machete, fueron sus inseparables y permanentes compañeros en las faenas agrícolas en la comunidad rural Gritense, junto al saque de madera para construir viviendas y venderla como leña en el pueblo.

La loma que todas las mañanas despunta como una de las mas pintorescas de las comunidades que rodean a La Grita, conocida como La Espinosa, vieron nacer a Candelario y José María en 1.907, en esta vieja casona construida a finales del siglo XIX allá por el año 1.870, con corredores externos y un mirador natural, desde donde perfectamente se divisa El Valle de Los Humogria, como una barca que no ha dejado de surcar sus aguas, para ocupar el sitial que la reconoce cultural, turística, religiosa y económicamente, en el ámbito regional y nacional.

Antes de abandonar definitivamente La Espinosa e irse a La Grita estos morochos, fueron vendedores de leña, actividad que religiosamente emprendían los sábados y domingo de cada semana y era común ver a “Los Morochos de La Espinosa” con su burro y sus cuatros cargas de leña, que a razón de un bolívar con un real vendían la carga en el pueblo, para después de cumplir con la obligación cristiana de asistir a la misa, y de hacer algunas compras; retornaban montaña arriba a su casa, donde desde el lunes les esperaba el comienzo de su faena diaria y semanal del trabajo, por el tiro de madera de Betijoque.

Candelario de Jesús y José María, deciden un día abandonar el campo y buscar nuevos destinos en el pueblo, ya La Grita despuntaba como un centro poblado de mucha importancia comercial y cultural, se vienen al pueblo preñados de ilusiones y emprenden cada uno su negocio comercial; Candelario ya casado con Laureana, se instala en una casita que alquila en la calle 2 o calle Bolívar con carreras 6 y 7, ahí muy cerca del Gato Negro y colindando con la esquina y tienda de – Los Rosales – por su parte José María, se va a la carrera 7 entre calles 3 (Miranda) y 4 (Padre Maya) y también comienza su actividad comercial con una tiendita de la época, donde vendía de todo como en botica.

Empiezan a despuntar como exitosos comerciantes, lo que le permite más adelante a Candelario comprar una casa en la calle 4 entre carreras 7 y 9 por 27 mil bolívares a Don Román Gómez, prospero comerciante y de reconocida solvencia moral en la comarca Gritense, donde este par de aventajados campesinos abren una nueva tienda, y que sobre todo Candelario, convirtió en un icono local, muy visitada los sábados y domingos por los campesinos lugareños de La Grita, quienes venían a vender leña, panela, brochas de fique usadas para pintar con cal las casas, cabuya de fique, taparas, entre otras muchas cosas.

La tienda de Candelario, era el lugar seguro donde se encontraba: ollas, tiestos, tinajas, chorotes, alcancías y jarras de barro; pero también utensilios de peltre junto a cucharas, cucharones y batidores de palo para el cacao, leña para el fogón, aperos y enjalmas para caballos, mulas y burros; fajas de cuero anchas con la respectiva cartera para guardar el dinero y el reloj, cacao en bolitas, especias, alpargatas y capelladas, zapatos de tela para dama, harina de trigo criolla proveniente de los molinos de Las Porqueras, Paramo El Rosal, Quebrada de San José y hasta de Los mirtos del Cobre, maíz paramero amarillo, sagú, cucas, almidonas, quesadillas, almojábanas, pan mojicón, café molido criollito, cigarrillos, tabacos y hasta pastillas Cafenol para los dolores; y donde una vez realizada la compra, era casi que obligatorio tomarse un par de guarapos fuertes, que magistralmente ofrecía y servía en totuma Candelario, acompañado con paledonias popularmente conocidas como cucas, o si el cliente lo prefería podía degustar una chica de maíz o viento, lo que origina el popular y reconocido nombre de “Candelario Cucas”.

Los sábados y Domingos, era todo un espectáculo comercial la tienda de “Candelario Cucas” en la calle cuatro o calle Padre Maya, los caballos, mulas y burros estacionados en plena calle, esperando por su amo que estaba vendiendo y comprando, pero también tomándose sus guarapos fuertes acompañados de cucas.

Cuando Candelario notaba que sus clientes comenzaban a subir el tono de voz, producido por el consumo del guarapo fuerte, sabia manejar con muy buen tino la situación, para que abandonaran su tienda y no le echaran a perder las ventas y la clientela, por eso siempre tenía en lugar visible un aviso enmarcado en cañuela y vidrio: “Dios bendiga a quienes no me hacen perder mi tiempo”

Hoy sigue estando cuidada y mantenida esta casona por su ahijado y heredero, el próspero, exitoso comerciante y empresario José Isaac Moncada,
hombre campechano, sencillo, buen conversador, muy inteligente, salido de las entrañas de estos campos Jaureguinos, de allá arriba de Osorio, y sobre todo, solidario con las necesidades de la gente; quien con mucho orgullo muestra como todo un guía de museo, cada uno de los rincones de la casa, la que en el frontal de su entrada principal reza: “La Villa de Candelario” con su fogón de leña en permanente uso, los corredores adornados con plantas de helecho, los taburetes de madera y cuero, el patio interno y en el solar, las gallinas, los piscos y unos ejemplares de venados y lochas de monte, que le sirven a José Isaac Moncada de distracción y recuerdo de su infancia en estas montañas Jaureguinas.

Lo esplendoroso es cuando abre las puertas de la legendaria tienda o bodega de Candelario, y quienes la conocimos por variadas razones, pareciera que el tiempo se detuvo allí y casi que uno ve detrás del mostrador a Candelario, un hombre de porte pequeño, tez blanca, ojos claros, muy pulcro en su vestir, con su tirante elástico cruzado sosteniéndole el pantalón y apoyándole su camisa manga larga, junto a la faja de cuero donde se guardaba dinero y el reloj de cadena, su pelo corto y bien peinado con su bigote perfectamente definido, de hablar rápido y golpeadito como aquellos trompos tataretos, ofreciéndole a los compradores sus artículos, junto al guarapo fuerte en totuma y las cucas bien sabrosas. Tenía el secreto que quien entrada a su tienda jamás se iba sin que algo comprara.

A pesar de su dependencia umbilical no pudieron coincidir los morochos Candelario y José María a la hora de su despedida terrenal, apresurado como siempre lo fue y con la convicción del deber cumplido, es Candelario el primero en apagar la luz y cerrar la puerta en 1.984; José María lo hace pero diez años después.

José Moncada, ha institucionalizado la costumbre de que el segundo sábado de enero de cada nuevo año, organiza en esa vieja casona “La Villa de Candelario” en la calle cuatro, una pintoresca paradura del niño Jesús, con invitados contemporáneos que siempre acompañan la velada popular, pero sobre todo con la participación de los vecinos, quienes hacen el paseo al niño Jesús por la calle con toda la vestimenta a la usanza de la época, lo que aun reafirma la presencia imperecedera de Candelario de Jesús Méndez García, allí en su tienda de la calle cuatro.

Fuente Consultada: Conversaciones con José Moncada ahijado de Candelario; Dr Ricardo Méndez Moreno y Cleotilde Sánchez Méndez, sobrinos de Candelario.

JASGoctubre2016

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