Isidoro el melcochero

José Isidoro Ramírez, joven trabajador de los años 60´s por estas calles de La Grita, se popularizó en la comunidad educativa, por su cotidiana actividad como vendedor de melcochas en el frente de las escuelas.

Era costumbre y ya prácticamente una norma de niños y adolescentes al salir de clase, degustar una suculenta melcocha del conocido y popular “Isidoro” el milagro artesanal y casero de convertir la panela, en un trozo de dulce saborizado con hinojo y retorcido en un palito de canuto y que por demás era una exquisitez para los niños y adultos.

Isidoro, tenía una sonora voz que casi todos los escolares identificaban y más cuando lo veían limpiamente trajeado de pantalón y palto azul con camisa blanca, de piel morena y pelo engominado seguramente con esos aceites que vendían en las bodegas o con el recordado bilcreen o las brillantina Yarley y Atkinson.

Los gritos suavizados y con la bandeja de peltre suspendida en el hombro izquierdo, dejaban claro que ese era Isidoro y sus melcochas al precio de una locha (12centimos y medio de bolivar) la unidad.

A las once y media de la mañana se instalaba en la salida de la escuela Parroquial Sagrado Corazón de Jesús, luego a la una y media de la tarde era seguro encontrarlo en la puerta principal de la escuela Jáuregui, allí en lo que hoy es el ancianato y a las cuatro de la tarde en el grupo escolar Padre Maya en la avenida Francisco de Cáceres.

Fue un joven emprendedor e ingenioso con una chispa comercial sin precedentes, pues la melcocha retorcida en un trozo de canuto que servía de soporte para comerla, le colocaba una contraseña promocionada a alta voz y quien al comerla le saliera esa contraseña que diariamente cambiaba, recibiría como premio dos melcochas.

Esa novedad comercial de promoción y venta de las melcochas de Isidoro atraía muchos clientes que rápidamente se la comían para ver si salían premiados con dos melcochas, pero Isidoro colocaba la seña ganadora en la mitad de la melcocha de manera que no fuera tan fácil ni rápido encontrar la premiada, además estaba de por medio la hora de entrada a clase, lo que se convertía en un verdadero suplicio del tiempo con la suerte.

Un buen día la muchachada, asidua clientela de Isidoro no lo vió en el acostumbrado lugar, porque lamentablemente había muerto; muchos fueron hasta su casa ubicada en la calle uno entre carreas 7 y 9 para despedirse de su consuetudinario endulzador de paladares, además corrían las voces como pólvora por las calles del pueblo, que Isidoro curiosamente toda la noche empañó el vidrio del ataúd, y a la hora del entierro en el cementerio municipal la gente murmuraba entre rezos: Isidoro no está muerto, está en letargo.

JASGsept2017

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