Una limosnita

Una limosnita

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Por: Juan Alberto Sánchez García

El pueblo está lleno de calor y soledad, como nunca las calles  vacías, parece que los vehículos duermen, y  el espacio público ahora si está disponible para la gente, no es normal ver vacías las calles céntricas del pueblo ese día laborable de semana, acaba de entrar en vigencia una serie de medidas económicas en el país, que todos comentan en la cola para comprar pan, – al precio anterior quítele cinco ceros y al precio nuevo si quiere saber cuántos millones de antes son, agréguele los cinco ceros -.

Nadie atina a ver la gravedad de lo sucedido, todos necesitan y quieren comprar un pan, la nueva moneda nadie la tiene ni la conoce, solo la vio en la TV,  llevan en la mano la tarjeta, o como se le llama  dinero plástico; la que a veces es sostenida entre los labios o quitando algún residuo de los dientes, rascando un brazo por los zancudos y moscas que molestan;  pensando que viene la hora del puntal y hace falta acompañar el cafecito con un trozo del ya acostumbrado pan de la panadería del pueblo. – vamos a ver a cómo esta hoy el pan, las quesadillas y almojábanas ni pensarlo, se fueron por las nubes y no rinden, atina la gente a murmurar-.

Y ojalá funcione el punto, el que al parecer está muy lento, porque de lo contrario se quedará uno con las ganas de comer pan. Las campanas de la iglesia con su lento sonar avisan que una persona ha fallecido y le van a ofrecer en un momento los oficios fúnebres de despedida.

Como un acto ritual y rutinario en la esquina cercana a la panadería, siempre está un personaje de pelo largo, a veces greñoso, sonrisa a flor de piel, camisa blanca, pantalón de dril color oscuro o kaki,  arremangada la bota casi a la rodilla, sus alpargatas de suela,  una cruz de madera que le cuelga en su pecho, y la palabra siempre de por medio, pidiendo una monedita o un mendrugo de pan.

Curiosamente milita en la causa del partido que gobierna y tiene en su bolsillo todos los carnets habidos y por haber, que el gobierno le ha obligado a que saque, donde dependiendo del momento y circunstancia política, le depositan algo que han dado en llamar “bono” y que los vecinos en el barrio le avisan porque no maneja la tecnología del celular y ve poca tv, menos oír la radio.

Choca la curiosidad en saber por qué pide una monedita si tiene todas esas prerrogativas del gobierno con los carnet que lo acompañan, y él con su cara alegre, la cruz de madera que le pende del cuello como el péndulo del reloj, y esa estampa parecida a un mesías, sigue parando los pocos carros y la gente que transita, “aquí estoy martillando unos churupos o monedas” y con quien conversa sale a relucir los carnets y dadivas del gobierno, lo aborda bruscamente y en seco: ¿y por qué pides dinero, no te alcanzan los bonos que te regala el gobierno?.

Arranca la discusión no acalorada ni apasionada, sino sincera de amigos, más bien como necesitada de un pan y un café  – amigo: toda religión le exige a sus feligreses que hay que pedir limosna, aun no necesitándola, eso está establecido en sus cánones, a mí me llegan los bonos, pero la religión me exige que pida una monedita o un mendrugo de pan- a lo que el interlocutor le agrega ¿y cual religión? Rápidamente contesta, porque viene un carro y va a martillarlo, como suele decir,  – todas las religiones tienen eso como norma, amigo, y si no me cree lea -.

Y esa tarde de calle, sirvió para entender una vez más a la gente del pueblo, que forma parte del paisaje humano que la adorna y la hace ser pueblo.

JASG22agosto2018

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