Urbano Mendoza

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Gente de La Grita

Urbano Mendoza  

Ciudadano ejemplar

Por: Juan Alberto Sánchez García

Al entrar al hospital San Antonio de La Grita a mano izquierda se llegaba a la emergencia,  mano derecha estaba la farmacia y la sala de laboratorio,   un pasillo largo   llevaba  a las habitaciones privadas a los costados con su respectivo número, cada una de las alas laterales de hospitalización de niños, mujeres y hombres; al final, la capilla y un poco a la derecha se salía a la puerta trasera que daba con la avenida Francisco de Cáceres, y ahí muy cerca estaba el famoso “cuarto del olvido”  que hoy modernamente se le llama morgue.

Era común y seguro encontrar siempre en la farmacia a un señor de frente amplia y un bigote pequeño, que con voz muy suave y parsimoniosa, además con mucho respeto por la gente, atendía la solicitud que el paciente le hacía, una vez que el médico le había recetado el tratamiento; ah, y con la particularidad de que era un servicio totalmente gratuito.

Ese señor se llamaba Urbano Mendoza, llegó a La Grita en 1942 con 28 años de edad proveniente de Chiguará, estado Mérida, donde nació un 25 de mayo de 1914 estado. Era un enfermero de primera línea, su don de gente, de entrega al trabajo y al paciente estuvieron siempre presentes en este venezolano integral.

Urbano, como simplemente todo el mundo lo llamaba, fue una persona sumamente útil y necesaria en el hospital y en la comunidad. Cuando caminaba por las calles, era común que la gente lo abordara pidiéndole el favor  de  recetarle alguna medicina; lo que hacía con el mayor gusto, siempre y cuando se tratara de un caso simple, pero cuando su ojo clínico le indicaba lo contrario, le aconsejaba que fuera al hospital a verse con el médico.

Muchas generaciones de Gritenses lo conocieron al igual que médicos, obreros y enfermeras, en esos treinta y pico de años que pasó trabajando en el hospital, allí dejó huella indeleble de honestidad y altruismo como ciudadano ejemplar, que sin haber nacido en La Grita, tuvo un arraigo hasta el final que lo convirtió en un gritense más.

Fue excepcionalmente amigo y compadre del señor Antonio Zambrano y su esposa la señora Elvia Montilva de Zambrano, con quienes vivió toda su vida y compartió el vínculo  del compadrazgo, pues apadrinó a los seis hijos varones de este matrimonio. Allí en lo que hoy es el barrio Santa Rosa, vio desaparecer los cañaverales para que naciera  un conglomerado de viviendas. Esta familia lo asumió como un miembro más de la casa y los ahijados lo veían como un padre, un tío, al que respetaban y querían mucho.

Al salir jubilado del hospital y con los años acuesta, siguió trabajando durante unos años en la farmacia Jáuregui que regentaban Maruja Mora y pepe Gandica, donde continuó prestando sus conocimientos a la comunidad con el mismo respeto y ahínco.

Pero lo inexorable de la vida, en septiembre del año 2003, Urbano se despidió del pueblo que lo adoptó y al que él quiso entrañablemente y hoy solo quedan sus enseñanzas y ejemplos.

Estos son los verdaderos héroes anónimos de los pueblos, a quienes no debemos olvidar aunque pasen los años y que deben ser ejemplo para las nuevas generaciones.

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